En la Nochebuena de 1642 había muy poco espíritu festivo en una humilde

casita del pueblo de Woolsthorpe. El dueño de casa, un trabajador agrícola

que con frecuencia carecía de trabajo, había muerto hacía algunas semanas.

Y ahora su viuda, embarazada, estaba sintiendo prematuramente los dolores

del parto. Al amanecer del día de Navidad dio a luz un niño tan pequeño que,

según se decía, hubiera podido caber en un tarro. Las comadronas que

atendían a la madre lo vieron tan frágil que le advirtieron que no llegaría

vivo al anochecer.

 Sin embargo el niño sobrevivió, y no por unos pocos días, como se esperaba

en el mejor de los casos. Vivió ochenta y cinco años, fue elevado a la

nobleza y cubierto de honores. Lo que es más, se le suele considerar el

hombre más genial que haya existido, el más grande científico de la historia,

el verdadero fundador de la ciencia moderna. Se llamó Isaac Newton.

 De pequeño no parecía prometer nada excepcional. Seguía siendo debilucho,

al grado de que durante años tuvo que usar una especie de collar de cuero

que le sostuviera la cabeza. Cuando su madre volvió a casarse, Isaac, que

tenía entonces tres años, fue puesto al cuidado de sus abuelos, quienes

más tarde lo enviaron a la escuela en Grantham, una pequeña ciudad próxima

a su pueblo natal.

 Era un estudiante bastante mediocre. Siempre distraído, dedicaba más tiempo

a grabar su nombre en las bancas del colegio que a prestar atención a su

maestro. Seguramente pensaba mientras tanto en sus cosas, ya que sin cesar

inventaba extraños artefactos. Construyó un pequeño molino, inspirado en el

molino de agua que había cerca de su casa; pero el modelo que fabricó era un

"molino a ratón", ya que el que lo accionaba era un ratoncito encerrado en el

mecanismo. Sus amigos contribuían con "combustible": trigo y sobras de comida.

 Sin cesar dibujaba hombres, pájaros, animales, barcos y plantas, y tomaba

nota de sus proyectos, algunos de los cuales atemorizaron a sus vecinos,

como los papalotes o cometas que construía, de los que colgaba farolas con

velas encendidas, y que elevaba en las noches. Otros inventos, menos inquie-

tantes, eran igualmente ingeniosos, como sus linternas y relojes.

 En la escuela seguía siendo un pésimo alumno, aunque eso sí, muy tranquilo...

hasta que un día se peleó a puñetazos con el más bravo de su clase, que

además era un magnífico estudiante (cosa que no suele ocurrir). Lo más

sorprendente fue que logró vencerlo. Y, para completar su triunfo, decidió

además ser mejor alumno que su rival. A partir de ese momento comenzó a

destacar en la escuela aunque no dejo de ser distraído. Se cuenta, por

ejemplo, que para regresar a su casa tenía que subir una cuesta muy empinada,

en la cual se bajaba del caballo, para volver a montar después de llegar a la

cima. Pero con la cabeza en las nubes, se olvidaba de hacerlo, y solía llegar

a su casa a pie, trayendo al caballo de las riendas. (Su distracción no debe

haber representado un obstáculo para su genio, ya que le duró siempre. Se

dice que, muchos años más tarde, quiso determinar con exactitud cuánto tarda-

ba un huevo cocerse. Reloj en mano, puso una olla con agua hirviendo... y al

cabo de un rato se dio cuenta de que tenía el huevo en la mano, mientras su

hermoso reloj hervía alegremente.)

 No tardó en ponerse a la cabeza de la clase, y el maestro le sugirió a sus

parientes que el muchacho debía continuar los estudios. Pero en esa época

muy poca gente iba a la escuela, un enorme número de personas no sabia si-

quiera leer y escribir, y en general sólo los hijos de las familias ricas

podían cursar estudios superiores.

 Su familia sacó al joven de la escuela y lo mandó a trabajar al campo, donde

sin duda debe haber sido el peor granjero del mundo. Afortunadamente un tío

suyo se dio cuenta de sus dotes intelectuales y logró que lo admitieran, a los

18 años, en un famoso centro de erudición, el Trinity College de la Universi-

dad de Cambridge. A fin de costearse sus estudios el joven desempeñaba algunos

servicios para los profesores.

 En 1665 completó sus estudios en Cambridge, y casi al mismo tiempo estalló

en Inglaterra una terrible epidemia, la peste. No se sabe con exactitud de qué

enfermedad se trataba, pero sin duda fue muy grave, puesto que en tan sólo

tres meses murió una de cada diez personas de la ciudad de Londres. En esa

época en que la medicina estaba más cerca de la brujería que de la ciencia

no existían medicamentos y mucho menos vacunas (la primera vacuna --contra

la viruela-- sería inventada 125 años más tarde por otro Inglés, Edward

Jenner), la única precación más o menos efectiva contra la enfermedad era

irse al campo, evitando los centros urbanos en los que se acumulaba mucha

gente. La universidad se cerró, y Newton regresó a la granja familiar de

Woolsthorpe, donde además de la abuela estaba nuevamente su madre, que había

vuelto a enviudar poco antes.

 Ya entonces había trabajado sobre el teorema del binomio en matemáticas, que

permitía expresar de manera muy simple, con una serie de términos, un compli-

cado concepto matemático (la suma de dos números elevados a una potencia).

Estaba comenzando a elaborar lo que más tarde sería el cálculo.

 Pero en la finca de su madre se le ocurrió algo aún más trascendental, cuan-

do paseando por el campo sumido en sus meditaciones, vio caer una manzana.

(La historia de la manzana la cuenta el mismo Newton, pese a lo cual hay

quienes la niegan. Lo que es poco probable es que le haya caído, como dicen

algunos, en plena cabeza. O en los testiculos mientras dormia XD) Al ver caer

la fruta comprendió repentinamente por qué la luna gira en torno a la tierra, sin alejarse y sin precipitarse sobre nuestro planeta.

 La relación entre una manzana y la luna es realmente poco clara. Para com-

prenderla hay que remontarse muchos años al pasado...

 

 El astrónomo griego Aristarco, que nació alrededor del año 310 a.C., afirma-

ba que todos los planetas giraban alrededor del sol. Su teoría resultaba de-

masiado revolucionaría para aquella época, y no tardó en quedar olvidada.

( Hoy desde luego, sabemos que era correcta.) Todo el mundo siguió pensando,

con ligeras variantes, que la tierra estaba en el centro del universo. Un

astrónomo posterior, Tolomeo o Ptolomeo, de quien suele afirmarse que era

griego, aunque hay quienes aseguran que era egipcio, elaboró, hacia el siglo

II d.C., una teoría sobre los objetos celestes. Decía Tolomeo que todos los

objetos que podemos ver en el cielo estaban como encajados en esferas crista-

linas transparentes, ubicadas una dentro de la otra. Todo el conjunto tenía

por centro a la tierra.

 Estas ideas fueron aceptadas por los pensadores cristianos, que interpreta-

ban al mundo desde el punto de vista de las Sagradas Escrituras. Y anque en

ellas no se dice nunca, textualmente, que la tierra ocupe el centro del uni-

verso esto se deducía de la descripción de la creación divina, tal como apa-

rece en el libro del Génesis, primero del Antiguo Testamento.

 Durante unos quince siglos las observaciones astronómicas fueron poco

exactas, y el movimiento de los objetos celestes que apreciaban los astróno-

mos no contradecía las ideas de Tolomeo (conocidas como un doctrina Tolemai-

ca). Sin embargo, en los primeros años del siglo XVI un astrónomo polaco,

Nicolás Copérnico, empezó a encontrar algunas contradicciones. Como era tam-

bién un gran matemático, procuró calcular algunas trayectorias planetarias.

Las cuentas no le salían. Para resolverlo, propuso hacer de cuenta que el

sol, y no la tierra, ocupaba el centro del sistema de esferas. Se discute

mucho si fue sólo una suposición para simplificar sus cálculos, o si realmente

llegó a creer que la tierra giraba en torno al sol.

 Años más tarde una astronómo danés, Tico Brahe, muy rico y de muy mal genio

(de joven perdió la nariz por un sablazo recibido en una riña; desde entonces

usó una nariz postiza de plata), adquirió gran fama por sus estudios, y en

particular por afirmar que las estrellas estaban a enormes distancias de la

tierra (desde luego, en la actualidad sabemos que las distancias reales son

millones de veces mayores que las propuestas por Brahe, quien decia, por

ejemplo, que todo el universo medía 6 100 000 000 de millas de diámetro

-- unos 10 000 000 000 de kilómetros --, es decir, menos que el diámetro de

nuestro sistema). Federico II, rey de Dinamarca, decidió auspiciar sus inves-

tigaciones y, a fin de retenerlo en el país, ya que Brahe quería irse a

vivir a Alemania, le mandó construir un observatorio astronómico verdadero

que existió en Europa, pero no fue suficiente para impedir que Tico, años

después, se fuera a vivir a Praga.

 En 1577 apareció un cometa, que Brahe estudió cuidadosamente; llegó a la

conclusión, al observar su movimiento, de que su órbita no podía ser circu-

lar sino alargada. En ese caso, el cometa debía atravesar las esferas cris-

talinas, cosa imposible de creer para Tico, quien hasta su muerte aceptó

siempre el sistema Tolemaico. Lo más que estuvo dispuesto a creer fue que

los planetas, con excepción de la tierra giraban en torno al sol, y que éste

y aquéllos daban vuelta alrededor de la tierra.

 Pese a su obstinación en ese punto, contribuyó enormemente al progreso de

la astronomía. Los movimientos aparentes de los planetas son complicados, ya

que realizamos nuestras observaciones desde la tierra, que también se mueve.

Brahe supuso, atinadamente, que era muy importante mejorar la precisión de

las mediciones, y mandó fabricar aparatos especiales, grandes círculos gra-

duados de bronce - parecidos a los transportadores que se usan en geometría -

para medir ángulos. Con infinita paciencia apuntaba cada noche las posiciones

de los planetas con respecto a las estrellas fijas. Lamentablemente no conta-

ba con un telescopio, que todavía no se había inventado. Pero tenía algo tal

vez mejor: un excepcional ayudante.

 Johann Kepler había nacido en Alemania en 1571; a los 28 años vivía en la

ciudad de Graz, Austria, donde las disputas religiosas se habían vuelto muy

intensas. Kepler era partidario de Copérnico, cuya teoría había sido prohi-

bida por la iglesia, y quizá pensó que era más saludable cambiar de aires,

de manera que aceptó ir a trabajar con Tico, con quien intercambiaba corres-

pondencia desde hacía un tiempo. Infortunadamente la colaboración de ambos

fue breve, ya que Brahe murió tres años más tarde. Kepler heredó todas las

anotaciones registradas por su maestro.

 Puso a prueba la suposición de que los planetas giraban en circunferencia

alrededor del sol, comparando las posiciones que debía tener un planeta al

seguir una circunferencia con las posiciones efectivamente observadas. Des-

pués, para lograr un mejor ajuste, tuvo que poner al sol un poco fuera del

centro de la circunferencia.

 Aun así seguía habiendo ciertas discrepancias entre los cálculos que hacía

Kepler y las observaciones registradas por Brahe. Y si de algo estaba bien

seguro era de que las observaciones de su maestro tenían que ser correctas.

Finalmente, la suposición que mejor se ajustó a las observaciones fue que

las órbitas tuvieran forma de elipse.

 Una elipse es como un círculo achatado. Para trazar una elipse se clavan dos

chinches en un papel, y se las rodea por un trozo de hilo amarrado; se intro-

duce un lápiz por dentro del cordel y, sin dejar que el hilo se afloje, se

traza una linea. Al cambiar la distancia entre las chinches o la longitud

del hilo se obtienen elipses diferentes. Las chinches son los "focos" de la

elipse. Si las dos chinches se colocaran en el mismo punto, en lugar de una

elipse resultaría una circunferencia. Kepler determinó que el sol está en uno

de los focos de las elipses descritas por los planetas.

 La segunda conclusión a la que llegó Kepler fue que los planetas no se mueven

a una velocidad constante, sino que avanzan más rápidamente cuando están más

cerca del foco ocupado por el sol y, contrariamente, al estar lejos del sol

su movimiento es más lento. La velocidad cambia de tal modo que una línea

imaginaria entre el sol y el planeta barre áreas iguales en tiempos iguales.

 La tercera de sus conclusiones - o leyes - afirma que la distancia máxima

entre un planeta y el sol, y el tiempo que tarda en dar un giro, combinados

de cierta manera, dan un número siempre igual.  ( Se eleva al cuadrado, es

decir, se multiplica una vez por sí mismo, el tiempo que un planeta tarda en

dar un giro. En el caso de la tierra es un año. Esta cifra se divide por la

distancia máxima del planeta al sol, multiplicada por sí misma dos veces, o

sea elevada al cubo.)

  Kepler se carteaba con Galileo, quien como él rechazaba la teoría de Tolo-

meo; lo que es más, había demostrado astronómicamente que la tierra y los

planetas giraban en torno al sol. Para ello se basó en diversas observaciones,

las más importantes de las cuales, en este respecto, fueron las de las fases

de Venus y las manchas solares.

 Galileo no se limitó a la astronomía; fue también un gran inventor, de los

primeros en hacer un telescopio, y se le atribuye la invención del reloj de

péndulo, el primer instrumento exacto para medir el tiempo (aunque hay quie-

nes sostienen que fue obra de un astrónomo holandés, Christian Huygens, que

trabajó en base a los estudios del péndulo que realizó Galileo). Además,

fue el primero que utilizó con rigor la observación combinada con la experi-

mentación, por lo cual se le considera el fundador del método científico.

 Y el primer campo en que aplicó esta combinación fundamental para la cien-

cia fue el de la mecánica, es decir, del movimiento de los cuerpos, donde las

especulaciones, más que experimentales, eran filosóficas. No estaba claro qué

era lo que hacía que una flecha siguiera moviéndose después de haber sido

arrojada por la cuerda del arco; que una bala de cañon lo hiciera después de

haberse quemado toda la pólvora; que una canica siguiera rodando después de

empujada; que los planetas giraran indefinidamente alrededor del sol. Se su-

ponía que el movimiento era una característica natural y propia de los cuer-

pos, algo que estaba en ellos, y no fuera de ellos.

 Galileo, para estudiar el movimiento, se abocó al problema de la caída de los

cuerpos. En su época se afirmaba que algunos cuerpos caen más rápidamente

que otros. El sabio italiano comprobó que, en realidad, todos los cuerpos

caen con la misma velocidad (puede haber una reducción aparente debida al

efecto de frenado que ejerce el aire, como cuando tiramos una piedra y una

hoja de papel al mismo tiempo. Pero todos los cuerpos caen con la misma acele-

ración -- o sea, alcanzan la misma velocidad en la misma distancia -- cuando

no hay aire, es decir, en el vacío.)

 Para poder estudiar mejor el problema, "redujo" la velocidad de la caida

usando un plano inclinado, y llegó a determinar que "Un cuerpo no cambia su

estado de reposo o de moviento uniforme a menos que sea afectado por una

fuerza." (Esta conclusión de Galileo es conocida hoy como... ¡la primera

ley de Newton!)

  Galileo murió precisamente en 1642, año del nacimiento de Newton, y sus

descubrimientos se enseñaban ya en Cambridge, donde el joven Newton apren-

día también matemáticas, en particular geometría analítica, que permite

traducir en figuras las fórmulas del álgebra (que había sido inventada por

lo árabes y se había extendido por Europa). Existen fórmulas para repre-

sentar una hoja, una flor, un corazón, desde luego para formas más sencillas,

como la elipse o la circunferencia, y, en general, para cualquier figura.

Al mismo tiempo, toda fórmula tiene una posible forma de expresión gráfica.

Esta geometría había sido desarrollada fundamentalmente por dos matemáticos

franceses, Pierre de Fermat y René Descartes.

 De manera que durante los dos años que pasó Newton en el campo (de los que

se dice son los dos años de formación de la ciencia física moderna), conta-

ba con buenos instrumentos intelectuales para razonar y deducir. Nadie hace

ciencia solo, y Newton tuvo predecesores geniales. Él mismo diría, más tarde,

que si logró ver tan lejos fue porque se apoyó en hombros de gigantes.

 

 ... Y cuando vio caer la manzana pudo comprender que había una fuerza, ajena

a la manzana misma, que la hacía caer. Si esa fuerza estaba en el centro de la

tierra, esto no sólo explicaba la caída de la manzana y de los demás objetos:

explicaba también el hecho de que la luna, al girar permanentemente alrededor

del sol, no se alejara de él (como ocurre con la piedra que se deja escapar de

una honda que hacemos dar vueltas). La luna también sentía los efectos de esa

fuerza -la de la gravedad- que la atraía hacia la tierra. Y no se desplomaba

sobre nuestro planeta porque ambos efectos -el que tendía a alejarla y el que

la atraía- se compensaban. Lo mismo ocurría con todos los planetas de nuestro

sistema, y, de hecho, con todos los objetos celestes.

 Newton expuso esto bajo la forma de una ley, la ley de la gravitación univer-

sal: "Todos los cuerpos se atraen recíprocamente con una fuerza que es

directamente proporcional a sus masas e inversamente proporcional al cuadra-

do de sus distancias." Es decir los cuerpos, todos los cuerpos del universo,

se atraen entre sí, y el cuerpo grande atrae al chico, y lo atrae menos -en

una cierta proporción- cuanto más lejos esté de él.

 Ya no podía decirse, como hasta entonces se hacia, que diferentes leyes go-

bernaban los objetos terrestres y los celestes. Newton acababa de descubrir

que había una única ley que regía las relaciones de todos los cuerpos. Por

fin el universo adquiría orden.

 Sin embargo, el joven sabio se reservó este sensacional descubrimiento (aun-

que aparentemente efectuó los laboriosos cálculos necesarios), y prefirió

concentrarse en sus estudios de óptica.

 Antiguamente se pensaba que la luz era una propiedad de los cuerpos celes-

tiales, en especial del sol. La luz que se producía en la tierra (la de las

llamas), era imperfecta, ya que oscilaba, chiporroteaba y, por último, se

extinguía, mientras que la luz del sol permanecía igual por siempre, con

absoluta pureza y, por lo tanto, perfectamente blanca. Sin embargo, cuando la

luz blanca pasaba por un objeto transparente adquiría color. En el cielo

había también una luz coloreada, la del arco iris que, según la Biblia, fue la

señal de la promesa que Dios hizo a Noé: ya no habría más diluvios.

 Para los griegos el arco iris era la personificación de una diosa -llamada

precisamente Iris-, que era mensajera de los dioses del Olimpo. Para otros

pueblo era un puente que unía el cielo y la tierra, y por el cual transitaban

los seres divinos.

 Los filósofos y científicos que precedieron a Newton estudiaron el fenómeno,

y comprendieron que estaba vinculado, de alguna manera, con el de refracción

(por el cual cuando metemos un palo en el agua parece que se dobla en ángulo);

el matemático holandés Willebrord Snell y más tarde el francés Descartes lo

explicaron. Pero no lograron clarificar el problema de la formación del arco

iris.

 En tiempos de Newton había dos explicaciones posibles: el color surgía del

agua o del vidrio transparente por el cual pasaba la luz, o bien surgía de la

misma.

 Newton atacó el problema de la mejor manera: experimentalmente. Cubrió las

ventanas de una habitación con persianas de madera, en una de las cuales hizo

un agujerito. Interceptó el rayo de luz que penetraba por él con un barato

prisma de vidrio que compró en una feria de pueblo y observó, como esperaba,

que la luz se descomponía en los siete colores que forman el arco iris. Pero

no se limitó a esto. Hizo pasar el haz de luz descompuesta por una lente, y

advirtió que la luz volvía a ser blanca. Como ninguno de los colores que la

integran se descomponen ya al pasar a través de un prisma, demostró que la

luz blanca no es pura, sino que esta formada por la suma de los siete colores

que vemos en el arco iris.

 Un serio problema para los astrónomos de su época era precisamente la apari-

ción de una especie de arco iris en las lentes de sus telescopios, lo que

alteraba las observaciones. Para subsanarlo, Newton inventó una nueva clase

de telescopio, conocido como "de reflexión", que operaba mediante espejos.

Cuando la Real Sociedad para el Progreso de las Ciencias Naturales, con sede

en Londres, lo vio, invitó inmediatamente a Newton a incorporarse a ella como

miembro. El entusiasmo de la sociedad fue tan grande que el joven científico

le envió una relación de los experimentos que había realizado con la luz.

 Sus textos causaron una verdadera tormenta de opiniones, sobre todo porque

en ellos sostenía que la luz estaba compuesta por partículas de materia,

llamadas corpúsculos (es lo que se conoce como teoría corpuscular de la luz).

En al polémica Newton se ganó un enemigo irreconciliable, Robert Hooke, quien

había realizado estudios fragmentados sobre el problema de la luz, y que

atacó furiosamente a Newton, sin duda por celos. (La obra qen que se reúnen

todas las observaciones y teorías de Newton sobre la luz, llamada Óptica,

apareció bastantes años más tarde, en 1704.)

 Newton, que según cuentan no se metía directamente en polémicas, pero que no

titubeaba en hacer que sus amigos disputaran por él, se encontró pronto en

otro problema, cuando el gran filósofo y matemático alemán Gottfried Leibnitz

anunció haber descubierto un sistema de cálculo muy similar al infinitesimal

que había desarrollado Newton.

 En un principio ambos entendieron que habían sido hallazgos independientes y

simultáneos, pero pronto los seguidores de uno y de otro comenzaron a hacer

intervenir el patriotismo y los ánimos se caldearon. Los matemáticos ingleses

se adhirieron al sistema de escritura o notación newtoniano, aunque el de

Leibnitz era más conveniente, y se afirma que esto llegó a afectar, durante un

siglo, el avance de las matemáticas inglesas.

 Pero aunque a Newton le amargaban todos estos problemas, a uno de ellos debe

haber llegado a dar a conocer su descubrimiento fundamental. En 1685 su amigo

Edmund Halley (que se hizo famoso al determinar la órbita del cometa que lleva

su nombre), le contó que Robert Hooke presumía de haber descubierto las leyes

que regían el movimiento de los cuerpos celestes. El famoso arquitecto inglés

Sir Cristopher Wren no se impresionó mayormente al oír a Hooke vanagloriarse

de su descubrimiento, y ofreció un premio a quien realmente lograra explicar

el problema.

 Halley se lo planteó a Newton, quien de inmediato contestó que los cuerpos

celestes se movían en órbitas elípticas. Halley no comprendía cómo su amigo

podía estar tan seguro de ello, hasta que Newton le dijo que lo había calcula-

do años antes, durante la peste.

 El joven astrónomo instó a su maestro a dar a la luz su descubrimiento. New-

ton empezó a verificar sus cálculos, incorporando mediciones astronómicas más

precisas que las que pudo emplear en 1666. Comenzó a escribir el libro en el

que reunía sus planteamientos. Lo redactó en latín, como aún se estilaba

entonces, y lo llamó PHILOSOPHIAE NATURALIS PRINCIPIA MATHEMATICA (Principios

matemáticos de la filosofía natural). Se lo conoce normalmente como Principia

o Principios.

 En esta obra expuso las tres leyes del movimiento; la primera, que ya vimos,

y que había sido planteada también por Galileo; la segunda define una fuerza

en función de la masa y la aceleración, y la tercera establece que para cada

acción hay una reacción (y que tiene hoy una importante aplicación, ya que

constituye la base del funcionamiento de los cohetes).

 A partir de estas leyes determinó la de la gravitación universal, que comen-

tamos en los párrafos anteriores, y que se expresa con la siguiente ecuación:

 

 

                  F =  G·[(m1·m2)/d·d]

 

donde m1 y m2 son las masas de la tierra y de la luna, respectivamente, d la

distancia entre sus centros, G la constante gravitatoria y F la fuerza de

atracción de la gravedad.

 Esta ley causó una enorme conmoción, ya que explicaba todas las aparentes

irregularidades de los movimientos de los astros, así como los complicados

movimientos de la luna.

 La obra, escrita en 1686 y cuya publicación fue posible gracias al financia-

miento de su fiel amigo Halley, le dio a Newton fama en toda Europa y lo con-

virtió en el científico más respetado de la historia. El filósofo francés

Voltaire escribió: "Hace algún tiempo discutía un grupo de personas distingui-

das la cuestión frívola de quién era el hombre más grande en la historia:

¿César, Alejandro, Tamerlán o Cromwell? Alguien respondió que sin duda lo era

Newton. Y con razón: pues es al que domina nuestras mentes por la fuerza de

la verdad y no a aquellos que las esclavizan violentamente a quienes debemos

nuestra reverencia."

 Pese a su fama, Newton siguió dedicado a su cátedra y a otros problemas,

como el de transmutación de los metales corrientes en oro, buscada durante

siglos por los alquimistas medievales, y en la cual Newton creía a pie junti-

llas. También especuló largamente sobre problemas bíblicos, acerca de los

cuales llenó cientos de páginas. (Calculó, por ejemplo que el mundo había si-

do credo en el año 3500 a.C. Esta cifra no debe resultarnos ridícula, ya que

en su tiempo no se creía en la gran antigüedad de nuestro planeta, y las me-

jores mentes de la época, en base a cálculos bíblicos o astrológicos, llega-

ban a fechas similares. Kepler, por ejemplo, determinó que la creación se

había producido en el año 3992 a.C.)

 En 1692 sufrió una seria depresión nerviosa; según se dice fue causada por

su perro Diamond, que al derribar una vela quemó las notas acumuladas a lo

largo de años. Newton tuvo que retirarse hasta 1694, pese a que cierto tiem-

po antes había sido nombrado miembro del Parlamento. Se cuenta que nunca in-

tervino en las discusiones, pero que era tan respetado que, cuando en una

ocasión se puso de pie, toda la sala quedó en silencio para oír al gran hom-

bre. Y lo único que quería Newton era pedir que cerraran una ventana, porque

entraba una corriente de aire.

 En 1696, gracias al esfuerzo de sus amigos, lo nombraron custodio de la Casa

de moneda, lo cual se consideraba un enorme honor. Pero para la historia de

la ciencia quizá fuera un verdadero crimen, ya que al aceptar el cargo Newton

abandonó su cátedra y se dedicó con gran vigor a buscar la manera de hacerle

la vida difícil a los falsificadores de moneda.

 En 1703 lo eligieron presidente de la Real Sociedad (para lo cual tuvieron

que esperar a que muriera su acérrimo enemigo, Hooke); dos años más tarde la

reina Ana lo elevó a la nobleza, concediendo por primera vez ese honor a un

científico.

 Newton, que llegó a ser una verdadera leyenda mientras aún vivía, murió a

los 85 años, el 20 de marzo de 1727. Fue enterrado en la abadía de Westminster,

junto a los más grandes héroes de Inglaterra. Sobre su tumba hay una inscrip-

ción en latín que termina con estas palabras: "¡Regocijaos, mortales, de tan

grande honra para la raza humana!"